Atravesar las corazas del miedo por Ana Piazzetta

Hace varios años que voy al taller de Virginia, pero hace pocos meses que empecé a escribir formalmente mi autobiografía. Me llevó mucho tiempo atravesar las corazas del miedo.

Encontrar mi estilo y mostrarlo sin vergüenza. Virginia y mis compañeras de taller me ayudaron a superar estas dificultades y hoy puedo decir que he ganado confianza y claridad acerca de qué y cómo quiero comunicarme.

Así que desde desde marzo viajo en el tiempo todas las mañanas. Vuelvo a mi infancia, aun a mis primeros meses de vida y miro con ternura a la nena que fui. No te preocupes, le digo,  por lo que sé hasta el momento vas a vivir unos 72 años.

Cada mañana dejo el presente, viajo a diferentes etapas de mi vida y regreso a veces con pena, otras con rabia y muchas con alegría.  Escribir mi autobiografía es rescatarme. Entender. Resignificar. Recrear los hechos del ayer con la madurez del tiempo transcurrido y aceptar lo que fue.

He comprobado con este ejercicio, que no solo el pasado influye en mi presente, también mi presente interviene en el pasado. Este cotidiano pasaje de ida y vuelta me ha llevado a pensar que no somos nosotros los que tenemos tiempo para hacer tal o cual cosa. Es el tiempo el que nos tiene a nosotros.

Ana Piazzetta participa del taller a través de Skipe. El 11 de septiembre, escribió este saludo de cumpleaños para mí:

Antes de recalar en la calle… había intentado participar de otros talleres, en su mayoría de escritores relativamente conocidos.

No estaban especializados en autobiografía y los grupos eran en su mayoría de jóvenes “imberbes” que escuchaban impacientes lo que leía una “anciana” de 60 y luego cuestionaban cada línea. Después de trabajar desde los 20 años en publicidad conocía de memoria todas las miradas y suspiros de colegas, críticos implacables de cualquier texto escrito o dicho aunque sea en una frase de radio. Así que como entré, salí de esos lugares que seguramente no iban a enriquecer mi autoestima.

Encontrar el taller de Virginia fue llegar a un remanso. El lugar, cálido como ella, se me hizo nido y costumbre. Gracias a ambos: el espacio y su dueña, empecé a dejar fluir lo que sea que tuviera dentro de mí, que por años estuvo ceñido a un titular con gancho, un texto breve y un slogan.

Me costó tener confianza y hablar de ciertas cosas. Todavía me cuesta. Pero cada vez menos.

Ahora por ejemplo, me puse tan nerviosa para escribir esto que me olvidé la dirección del taller: lo primero que me salió fue monigotes y hugonotes, así que espero que alguien de Las Causeries me conteste para llenar el espacio del primer renglón.

Este año, fue especialmente difícil para mí. Hay etapas de mis vidas pasadas y actuales que me sacan más lágrimas que sonrisas mientras escribo. Pero gracias al estímulo de Virginia y sus ángeles sanadores -que también me sirven de ejemplo con sus memorias publicadas- lo voy logrando. Extraño todo de ese lugar donde me inicié y al que vuelvo por un rato cada jueves, aún con el coitus interruptus de la conexión internauta.

Las veo a las 17 hora de del este. Desde Traslasierra.

El libro digital es infinito

Un mar de libros en los galpones de Amazon
Un mar de libros en los galpones de Amazon

¡Guau! No lo había pensado. Todavía me resulta rara la idea de que ocurre todo un mundo dentro de lo virtual. Claro, imaginar lo virtual es pensar en un espacio donde hay una realidad paralela que también es infinita. Allí hay miles de millones de videos, documentos, fotos, mensajes, tuits, correos, búsquedas, intercambios de Tinder, música y, por supuesto, libros. El hecho de que no ocupen un lugar físico no hace que todo esto sea menos real.

 Un libro digital (contenido dentro de la jerga) es infinito, no se agota nunca. Puede distribuirse a todas partes del mundo al mismo tiempo y bajo el mismo costo (o casi). Puede incluir más que texto e imágenes. La lectura puede ser independiente del dispositivo. Permite no solo realizar una lectura pasiva sino también interactuar y compartir. Puede actualizarse (es dinámico) y además es personalizado: se puede adaptar a cada lector

Lo dijo Daniel Benchimol en un curso sobre edición digital que tomé hace unos días y, de paso,  a quien quiero agradecer la generosidad de habernos brindado sus conocimientos sin reservas. No es común. Además, como suele suceder con las personas apasionadas, era atractivo escucharlo. Las jornadas de tres horas pasaban volando.

Pero volvamos al libro digital, por supuesto que prefiero el libro papel, sin embargo el digital es bienvenido a mi mundo. Gracias a él puedo leer autores que de otra manera jamás hubiera tenido a mi alcance, porque ya no se editan, porque estamos en el fin del mundo y muchos no llegan hasta la Argentina, porque puedo llevar en mi cartera, dentro de un lector digital, cientos de libros y, sobre todo, porque puedo comprar el que deseo, tenerlo al instante en cualquier el lugar y momento. Por cierto,  siempre y cuando haya conexión a internet.

Curiosamente se escriben más libros que nunca y se leen menos libros que nunca. Al 47% de los argentinos, por ejemplo, no le interesa la lectura. YouTube, Facebook y sobre todo Netflix no solo son culpables de que las parejas hagan menos el amor; también, de que leamos menos. Yo lo he constatado en mis talleres. Por eso he adoptado la decisión de enviar links de audiolibros, audiocuentos o videos literarios porque se pueden escuchar mientras uno maneja, se baña, cocina o viaja… sin embargo mis autores no dejan de escribir. ¡Qué paradoja la de este tiempo!

Libros digitales hay de diferentes formatos: el más simple y limitado es el PDF que pertenece a Adobe, el Mobi es propio de Kindle Amazon, iBook de Apple, el ePub es libre y puede leerse al igual que el PDF en todos los dispositivos menos en los lectores de Kindle. (Continuará…)

Escribiendo mi libro por Laura Moro

Soy Laura Moro, preparadora de talentos para TV, Radio y Redes sociales. Vivo en Miami. Deseo poner por escrito lo que voy aprendiendo y experimentando, no solo en la vida, sino también en mi carrera profesional. Trabajé en Rosario, Buenos Aires en periodismo y locución, y, ya radicada en USA desde hace 16 años, me dedico a enseñar a hablar y desenvolverse naturalmente ante cámaras de la televisión, micrófonos y presentaciones en público. Entreno a las personas que intervienen en castings, certámenes de belleza y talento, también conductores de noticias, animadores de programas, políticos y ejecutivos.

En el intento de escribir mi libro, me di cuenta de que necesitaba ayuda para evitar que fuera convulso y sobre todo para sostener la concreción del proyecto. Escribir un libro era parecido a llevar una dieta; sin un bastonero, un “coach” como le dicen acá, mi libro no vería nunca la luz de las librerías.

Conozco y admiro a Virginia Haurie desde hace años, pero ¡vive en Buenos Aires y yo en Miami! Pero echamos mano a la moderna tecnología y desde hace unos meses nos encontramos semanalmente en el ciberespacio, por Appear, una aplicación magnífica. Nos conectamos, nos vemos y vamos leyendo y corrigiendo mis capítulos. ¡ Y así el trabajo progresa! Pero, ¡cuidado! Virginia no me deja pasar una… todo se revisa una y otra vez hasta lograr el efecto deseado.

Les aseguro que he renovado mi ilusión: presentar mi libro en la Feria del Libro 2020 ¡Gracias Virginia!”   

Laura Moro

https://www.instagram.com/lauramorocoach/?hl=es-la

Miami

@lauramorocoach

La metáfora erotiza la escritura

Esta afirmación pertenece al filósofo coreano Byung-Chul Han del libro La salvación de lo bello. Destaca que lo pulido, lo liso, lo impecable, son la seña de identidad de nuestra época y pone como ejemplo las esculturas de Jeff Koons, las depilaciones completas de hombres y mujeres, los diseño de los teléfonos. ¿Por qué hoy en día gusta tanto «lo pulido»?, se pregunta Han. Porque no daña, es fácil, no ofrece resistencia.

En lo relativo a la escritura dice también que lo que predomina es la suma de datos en detrimento de las narraciones, y destaca la metáfora porque establece un diálogo entre las cosas. Para Han la tarea del escritor es poetizar las cosas para descubrir las relaciones amorosas que están ocultas en ellas.

Las metáforas enriquecen la forma en la que nos expresamos. Es una palabra que viene del griego y significa “más allá o “transferir”. Una metáfora traslada el significado de un concepto a otro. Hace un uso figurado del lenguaje y en ese sentido, motiva la lectura activa porque pide al lector que la interprete de la manera que quiera. Los argentinos solemos usarlas mucho en el lenguaje cotidiano “ponete las pilas”, “me iría volando”, “me rompés el corazón”.

En síntesis: hay un término real y otro imaginario. El primero es el que se está haciendo referencia y el segundo es el que ocupa el lugar del primero. Ambos comparten alguna similitud o aproximación de significado.

Santiago Moll, autor de un blog educativo premiado, tiene un cuadro que ayuda a entender la diferencia entre metáfora, comparación e imagen.

Metafora-erotiza-escritura
Figuras retóricas en la escritura

A la hora de querer usar metáforas es aconsejable no recurrir a las que ya están gastadas como chancleta usada. Dijo Salvador Dalí, “El primer hombre en comparar las mejillas de una joven a una rosa fue obviamente un poeta, el primero en repetirlo fue posiblemente un idiota”. Por último, ¿cómo crear metáforas?

Recuerdo a un escritor que decía “yo miro, miro, miro las nubes  hasta que algo se me ocurre”. Cada quien tiene un sistema, el más común es enumerar o describir todas las características de lo que pretendemos metaforizar y después asociar libremente. Hay un juego que es llenar de sustantivos una bolsa y después sacar uno y pensar cómo se conectaría con lo que quiero convertir en metáfora. Claro está que no siempre funciona, pero muchas veces resulta algo bomba.  

Corregir con ayuda de la Web

Escribir es un oficio que se aprende escribiendo.
Simone de Beauvoir

Al fin ponemos un punto final a nuestra historia. Sin embargo, no hemos terminado porque hay que corregir. Lo ideal es guardar el borrador un tiempo. Si lo que tenemos en nuestras manos es un libro, tratemos de vencer el impulso de mandárselo a algún editor interesado (si la intención es publicar) hasta tener los ojos frescos para empezar otra fase importante de la escritura que es la corrección. No todos los autores esperan terminar el libro para corregir y lo hacen a medida que avanzan, pero igual es necesario hacer una nueva revisión al finalizarlo.

Los muy obsesivos, deben saber que una corrección reduce los errores, pero no los elimina totalmente. Pensar un libro libre de errores es una fantasía. La corrección no significa ir en contra de la espontaneidad y la frescura de un texto y va más allá de revisar la ortografía, afinar una frase, quitar palabras o una oración aquí y allá o perfeccionar una metáfora. La corrección hay que pensarla como la oportunidad de contestarse qué es lo que uno quiso decir a través de lo escrito. Samanta Schweblin, una joven escritora argentina, dice que un buen cuento te regresa a tu mundo con algo distinto, como una suerte de revelación con algo nuevo que se ha aprendido o entendido, algo del mundo o de uno mismo, una búsqueda. Yo diría exactamente lo mismo de una historia real.

Aprender a corregirse es aprender a escribir. Se trata de un trabajo lento y esmerado que al principio se vive como algo latoso pero, aun cuando parezca increíble, con el tiempo se descubre placentero.

El primer proceso de corrección se conoce con el nombre de editing o edición de mesa, que es la revisión necesaria para que el texto refleje lo que se quiere transmitir en contenido y forma. No debe confundirse con la corrección de estilo, que es la que se ocupa de la ortografía, la gramática, la semántica y la claridad de un texto. Lo cierto es que ya plasmada la historia logramos la apertura necesaria para detenernos a pensar si transmitimos lo que nos propusimos, así como analizar la precisión del lenguaje o mejorar la manera de moldear una idea o un sentimiento complejo, o simplemente eliminar lo que sobra.

Siempre se puede recurrir a profesionales, pero es útil saber que hay recursos gratuitos en la Web. Stilus es uno de ellos.

En Stilus podés hacer correcciones ortográficas. Se parece al corrector de Word, pero con la diferencia que podés pedir que te adviertan por ejemplo de: errores de espaciado (esos feos blancos que quedan entre palabra y palabra, por lo general cuando corregirnos), advertir de redundancias y usos abusivos, nombres propios mal escritos o verificar apertura y cierre de signos dobles. Las opciones de revisión son 18 y tiene un diccionario que reconoce nuestra castellano (tildarlo al final de la página).

Igual que el corrector del Word está lejos de ser perfecto, pero ayuda.

He tomado el texto breve del post anterior para mostrarte el funcionamiento.

Una vez que te inscribís en la primera página aparece el corrector ortográfico y las opciones. A la derecha te va presentando los errores. En mi texto había un error que no detectó, pero me alertó porque la maquina entendía que era un pronombre “él” : lo correcto era “el desarrollo pobre de un texto” y yo había escrito “el desarrolla pobre de un texto”. Antes me había corregido la falta de una coma después de “al tiempo”.

También podés contar con un informe de la corrección y el texto se puede pegar o insertar desde el archivo:

Después está el análisis morfológico. Acá solo se pueden incluir 100 palabras cada vez.

La imágenes que siguen solo muestran pequeños fragmentos del análisis de mi texto.

Aconsejo entrar y recorrer la página. Tiene varias herramientas más.

https://www.mystilus.com/

«La escritura precisa es un acto de respeto hacia el mundo»

Lo dijo el escritor español Julio Navarro

Justo Navarro es también poeta, traductor y crítico. Escribió Finalmusik, una novela que transcurre en Roma en 2004. Las brigadas islámicas lanzan un ultimátum para deponer al primer ministro bajo amenaza de incendiar Italia y al mismo tiempo una mujer identifica cerca del circo romano al criminal más buscado de Italia. Estos hechos se entrelazan con notas de los diarios personales reales del autor. Se narran hechos de su vida con hechos ficticios en primera persona. El protagonista se identifica con las iniciales del autor.

“La ficción añade a la realidad y permite al escritor entrar en la intimidad de otras personas y ponerlas a hablar”, dice el escritor.

Volvamos a la concisión. Una frase puede estar bien redactada y tener un sentido claro, pero no ser concisa. Lo que se puede decir con menos palabras sin perder el sentido, mejor. No confundir concisión con el desarrollo pobre de un texto.

Aquí el ejercicio de mi último post en Instagram y las soluciones: Petenece al libro Corte y corrección de Marcelo Di Marco

Ejercicio:

Sacar las palabras que sobran:

1. En este fragmento hay una palabra más que en el original.

Me levanté de un salto y corrí velozmente al dormitorio.

2. Una palabra más que en el original.

Era estremecedor el desamparo de esa mujer, aislada por una infranqueable barrera de locura.

3.  Dos palabras más.

Ya no se oía el ruido del tiroteo.

4.  Dos palabras más.

En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto con vida propia.

5.  Dos palabras más.

El retiro del doctor Agüero no hizo que mejorara la disciplina interna del Colegio.

6.  Tres palabras más.

Tal vez tenga que escribir todo de nuevo sobre papel blanco, con tinta azul, o negra, o roja como el color de su sangre.

7.  Tres palabras más.

El pobre Juan tenía una sola y única debilidad: la música.

8. Tres palabras más.

Su biblioteca atesora centenares de volúmenes en sus estantes.

Textos originales

  1.  Me levanté de un salto y corrí al dormitorio.

 —Juan José Manauta

  •  Era estremecedor el desamparo de esa mujer, aislada por una barrera de locura.

—Cristina Fernández Barragán

  •  Ya no se oía el tiroteo.

—Manuel Gálvez

  •  En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo.

—Sylvia Iparraguirre

  •  El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del Colegio.

—Miguel Cané

Repeticiones

Una manera de analizar tu texto con ayuda de la web

La web está llena de herramientas para diferentes propósitos. En este caso voy a hablar de DataBasic, una forma fácil de analizar tu texto y ver las palabras y frases que se repiten.

Al entrar a https://databasic.io/es/, verás abajo a la izquierda en cuadrado naranja que dice Word Couter, la traducción es “contador de palabras”, tenés que hacer clic y se abre otra página que te da cuatro opciones a nosotros nos interesa las dos del medio: “pegar texto” y “subir un archivo”. Si elegís la primera tenés que ir al lugar donde está tu escrito,  seleccionarlo (iluminar) y después pegarlo en el cuadro blanco que se abre cuando hacés clic sobre “pegar texto”. Si preferís subir el archivo, das un clic en “subir archivo” y se abre la opción de buscarlo dentro de tu PC.

Un ejemplo: Usaré un breve texto a modo de introducción para un libro que escribí, sobre cómo viven las personas que tienen vidas largas, con el fin de publicarlo en España y Mexico.

 Y cuando subí lo escrito a la página de DataBasic lo primero que apareció fue el siguiente dibujo:

Se trata de un texto de 220 palabras y esta es una parte de composición (no incluyo las que solo aparecen una vez):

El dibujo revela las palabras más importantes del texto y me parecen representativas de lo que quería expresar. Acá lo incluyo.

¿Por qué?

Llegar a los 100 años y más se ha convertido en una posibilidad gracias a los avances científicos. ¿Cómo nos preparamos para vivir esos 30 años que la humanidad se ha regalado?

¿Existe alguna fórmula para vivirlos en buen estado?

Yo no soy médica ni científica, solo una persona que, a través de la escritura, indago sobre aquello que me inquieta o despierta mi curiosidad. Si has leído o visto mis libros, verás que responden a temáticas y géneros diversos. Pues bien, un día tomé conciencia de que empezaba a cruzar el umbral de la vejez y no sabía qué hacer con eso. El camino de las cirugías rejuvenecedoras no me interesaba. Fue Christiane Dosne Pasqualini, científica y primera mujer en la Academia de Medicina de la Argentina, que llegó a mi taller de escritura con 94 años, quien me señaló la dirección correcta. Así surgió este libro que en cierto sentido es una larga charla entre quienes se acercan a la vejez y quienes, acercándose a los 100 años, la han transitado.

A través de la vida de hombres y mujeres de vidas largas y también de indagar qué pasa con la vejez desde la perspectiva histórica, científica, social y artística fui encontrando mis respuestas. Mi más ferviente deseo es que el lector pueda encontrar las suyas.

El libro se puede comprar haciendo clic en: https://www.amazon.es/C%C3%B3mo-viven-los-que-a%C3%B1os-ebook/dp/B07QGPC7ZF/ref=sr_1_3?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=2QKKXGW2L13XI&keywords=virginia+haurie&qid=1554762519&s=gateway&sprefix=virginia+hau%2Caps%2C341&sr=8-3

En la Argentina se publicó con el nombre No dejo entrar al viejo en casa y se vende a través de la web www.virginiahaurie.com.ar

La Casa Rosenthal

Vivir y morir en Formosa, la tan amada

Se presenta en la Usina Cultural

Dice Eliana Mutio, la autora, en la contraportada de su libro:

En 1929 una pareja de inmigrantes judíos llega desde Palestina a la ciudad de Formosa en la República Argentina. Esta es la historia de sus vidas, sueños, concreciones, logros, alegrías, dolores y el corolario dramático de su triste final: un feroz asesinato con la única intención de despojarla de sus bienes. El antisemitismo, la impunidad y la injusticia borraron toda huella de una familia que fue pilar sustancial de la sociedad formoseña.

Los convoco a conocerlos y los conmino a no olvidarlos. Esta historia nos interpela como ciudadanos a decidir en qué sociedad queremos vivir.

Te invito a la presentación del libro Casa Rosenthal. Vivir y morir en Formosa, la tan amada el día 25 de marzo a las 18 horas en la Usina Cultural, Nicaragua 4899, CABA. Acompañan, a Eliana Mutio, autores del Colectivo de Autobiografía, Historia familiar y Autoficción, familiares de la familia Rosenthal y yo, como editora de la obra.
Brindaremos con una copa.
Te esperamos.

Sukkwan Island. David Vann, un hallazgo

Cuando David Vann decidió escribir sobre su padre, la familia lo apoyó, menos la abuela que lloró tres días seguidos, le reprochó que no respetara la memoria del padre y le aconsejó acercarse a Jesús. Después ella leyó el libro y lo agradeció porque le había permitido comprender qué le había pasado a su hijo y entendió que David había intentado resucitarlo y eso era una muestra de respeto.

Una de las portada del libro .

Este escritor de sonrisa abierta nació en 1962 en Adak, Alaska, una isla de unos doscientos habitantes, pero su infancia trascurrió en el pueblo Ketchikan que tiene alrededor de 8.000. En su niñez salía a pescar salmones y cazar ciervos con su padre. Durante esa vida aventurera en la que muchas veces corrieron peligro de muerte aprendió a curtir pieles,  limpiar pescado y cortar leña. A pesar de la persistente sensación de que algo acechaba cada vez que se internaba en los bosques, sus recuerdos de infancia en esa Alaska mítica son maravillosos. Imposible olvidar, por ejemplo, los cientos de salmones en derredor del barco al entrar en una bahía o el cielo rojo de los atardeceres, y el verde por encima antes de volverse azul.

Pero un día todo cambió. Los padres se separaron y David se fue a vivir a California con su madre y su hermana. Tenía ya 13 años cuando su padre divorciado dos veces a causa de su infidelidad, lo llamó para proponerle pasar un año juntos en una cabaña en Alaska. La respuesta fue no. Dos semanas después, el padre se pegó un tiro.

Siguieron 20 años de culpa, vergüenza, enojo en los que David Vann apenas dormía y en los que se sintió condenado a repetir lo que su padre había hecho, pensando que en algún momento de debilidad él estaría ahí, esperándolo.

No nació en una familia sencilla. En ella hay una historia de violencia, varios suicidios e incluso un asesinato. Vale contar que después de la muerte del padre, Vann recibió de regalo todas las armas del padre, incluso el rifle para matar osos con el que se había suicidado. El hecho fue espeluznante. El hombre se mató mientras hablaba por teléfono con su segunda mujer (madrastra de Vann). Antes de matarse le dijo: «Te quiero pero no voy a vivir sin ti». No le importó que la madre de esa mujer también se hubiera suicidado después de pegarle un tiro al marido por serle infiel.

David Vann tenía 19 años cuando recurrió a la escritura. ¿Qué hubiera pasado si él hubiera dicho que sí? Terminar la novela le llevó diez años y doce en venderla. Lo que escribió los primeros años lo tiró a la basura, no podía salir de la escena cuando supo de la muerte. Era una narración cargada de emoción en las que todos lloraban. Pensar cómo hacerlo fue un largo proceso. La escritura tiene que trasformar la experiencia y convertirla en algo que sea interesante de ser leído, ha dicho David Vann. Cuando supo cómo, le llevó 17 días escribir la mitad del libro.

El argumento trata de un hombre depresivo y desesperanzado, con dos divorcios a causa de sus infidelidades, que siente la urgente necesidad de romper con el pasado y empezar de nuevo. Pero no se atreve a hacerlo solo y recurre a su hijo de 13 años. Le propone pasar juntos un año en una cabaña solitaria que ha comprado en una isla de Alaska. El hijo acepta, sin demasiado entusiasmo, por afecto. Los personajes son reales así como las circunstancias que motivan el viaje, solo que en la ficción el  hijo dice: sí.

Los hechos narrados ocurren en la isla Sukkwan, ubicada a menos de 100 kilómetros de la isla en donde Vann pasó la infancia. Nunca había estado allí y la eligió a propósito para que no lo entorpecieran los recuerdos de los lugares donde había estado su padre.

La llegada a la isla es en avión, el único contacto que tendrán con el exterior cada tanto. Son los únicos habitantes del lugar. La cabaña que los espera es bastante precaria y deberán trabajar duro, sin las herramientas adecuadas, para prepararse a pasar el invierno. A lo largo del relato el padre sufre mucho y no piensa con claridad. Lo atormentan sus pesares, sus matrimonios fracasados, el fisco, y no parece registrar la presencia del hijo. El muchacho se siente sometido a mucha presión por la debilidad y el carácter depresivo del padre e incluso se verá obligado a tener que cuidar de él.

Editorial Noma de Barcelona editó un comic Sukkwand Island.
Autor Ugo Bienvenu

La descripción de la cotidianeidad en el ambiente salvaje de ese lugar de Alaska es extraordinaria (a un lector ansioso le puede resultar redundante), pero está allí al servicio de lo que el autor quiere trasmitir. La incomodidad de la cabaña unido a la furia del clima llama a agradecer sentir el cobijo de una cama caliente y qué decir de la sensación de hambre que provoca la frugalidad a la que se ven sometidos los personajes.

Alaska es el tercer protagonista de esta historia, los olores, la fauna, la flora, las variantes del frío, están sumamente descritas. El paisaje se entremete y nos cuenta cómo son los personajes. Mientras el malestar y la incomunicación entre padre e hijo crece, la amenaza del afuera empeora hasta límites insoportables y refuerza el miedo que ellos sienten (también, el lector). El autor reconoce que aprendió de Cormac McCarthy (a quien leía mientras escribía) que los pensamientos y sentimientos de los personajes se expresen través del paisaje, sobre todo en la novela Meridiano de sangre. Vann logra ese efecto con estilo propio.

Es imposible no preocuparse y sufrir por ese adolescente, solo con  un hombre tan poco confiable, en una isla inhóspita alejado de todo, y mucho desagrado por la figura del padre. Pero el autor ha dicho que su intención fue la de lograr que el lector sienta empatía por su padre, que pudiera acercarse a la desesperación que sentía, para comprender cómo pensaba. Vann cree que eso es posible. Aunque si lo razono me parece increíble, por segundos, me pasó.

No voy a hablar más del argumento. En un reportaje, realizado por Página dos de España, se le pregunta si el libro Sukkwan Island fue una escritura terapéutica. Su repuesta me pareció digna de ser tenida en cuenta por todos aquellos que buscan en la escritura una manera de sanar su pasado. Dijo: “la escritura y la terapia tienen que ver con la verdad, pero solo la escritura incluye belleza. Los libros son mucho más y espero que mi libro sea mucho más que terapia”.

Un suicidio es como una conversación interrumpida, dijo también  Vann, y en ese sentido su libro fue, en cierta forma, una carta a su padre para decirle que lo amaba. En ese sentido no niega que para él fue muy terapéutico intentar entender a su padre por diez años, pero recién un año después encontró el significado de lo que había escrito.

La novela, como ya dije, tiene tres protagonistas y está dividido en dos partes. No hay mucho diálogo y estos no están marcados por el signo convencional de la raya. En la primera parte se utiliza el narrador interno del joven, en la segunda parte, la del padre. Prestar atención que a poco de empezar esta última el personaje del padre utiliza una shockeante primera del plural que muestra el arte del escritor para manejar las emociones humanas.

La ficción es redentora porque se puede cambiar el pasado, dice Vann, y yo no pude dejar de asociarlo con Alfred y Emily, el libro que Doris Lessig escribió sobre sus padres y su infancia. Ella imagina cómo habría sido la vida de sus padres si la primera Guerra Mundial que les arruinó la vida no hubiera ocurrido.

Sukkwan Island, una novela escalofriante, sorprendente e imprevisible, que a veces llega al límite de lo desagradable, le permitió a David Vann ajustar cuentas con el fantasma de su padre. Así pudo superar 15 años de insomnio, también la vergüenza y el enojo que lo envolvió por dos décadas, pero sobre todo logró lo que solo permite la literatura: que su padre vuelva a la vida.  

Vann siguió escribiendo novelas. La última es Acuario y es la primera que se aleja de sus fantasmas familiares y de los helados paisajes de Alaska. Los comentarios dicen que el libro navega entre el cuento de hadas y la tragedia griega. Muero por leerla.

David Vann, un hallazgo que no hay que soltar.

Nuevo libro de la Colección Autobiografía, historia familiar y Autoficción

Autobiografía, historia familiar y autoficción XII reúne pequeños recuerdos de lo cotidiano, de hechos y cosas que todos los que tenemos más o menos la misma edad hemos visto o compartido y que borramos de la memoria porque no merecían ser recordadas. Nuestros “me acuerdo” como le sucedió a Joe Brainard y George Perec surgieron a borbotones. En nuestro caso concentrados en las décadas de la infancia, aunque alguno que otro autor saltó esa barrera: “me acuerdo de los bancos de madera con tintero”, “me acuerdo de la sangre que chorreaba la revista Así”, “me acuerdo que el verdulero decía que el hombre no había llegado a la luna”, “me acuerdo que los padres asustaban a los niños con el cuco Lumumba”, “me acuerdo de las revistas mejicanas y del Llanero solitario”, “me acuerdo de la soda hecha con un polvo“, “me acuerdo que la misa se decía en latín”, “me acuerdo de las motonetas Vespa”…

En este libro no hay un autor único, en ese sentido, vas a encontrar “me acuerdos” de tipo localista, otros muy personales y hasta quien utilizó esta expresión como recurso para narrar una historia. Y como somos únicos y diferentes a algunos no les atrajo la propuesta. Como en volúmenes anteriores también contiene relatos de inspiración autobiográfica, autobiográficos puros y de autoficción. 

Los interesados contactar a través de esta página.