Acerca de incluir con la e, la x o la @

Que el lenguaje en gran parte nos invisibiliza lo descubrí en los 80 cuando tuve un psicoanalista lacaniano. Se hace evidente, por ejemplo, en el masculino genérico que se utiliza aunque refiera a un grupo con mayoría de mujeres, o en la apropiación de los varones de la palabra hombre. La cultura de la época en la que vivimos –que la lengua expresa– se nos imprime como un sello en nuestro inconsciente, y no habría reparado en eso si alguien no lo hubiera puesto en palabras.

El oficio de escribir debió ocuparme antes de tomar una postura respecto del lenguaje inclusivo, sin embargo, no me sentí impelida a hacerlo hasta que la nueva ola feminista lo puso en la agenda (en ese sentido, ¡chapeau! ), y sobre todo porque estoy escribiendo un libro sobre mujeres. Hace un tiempo organicé una reunión virtual, un zoom, con amigos de la lengua escrita para reflexionar sobre el tema, pero no alcanzó para esclarecerme. A punto de terminar con ese libro (escrito a seis manos) debo, debemos, tomar una decisión, y es por eso que estoy escribiendo, porque es mi manera de pensar y, eventualmente, entender.

Para empezar, debo explicarme por qué siento rechazo al uso del lenguaje inclusivo. ¿Es la famosa resistencia al cambio? No. Rechazo la pelea y la división que provoca y, sobre todo, la imposición desde el poder cuando la lengua es el instrumento imprescindible para el entendimiento. ¿Quién gana con esto?, ¿las mujeres? No lo creo.

Por supuesto que me molesta el genérico masculino y muchos otros giros de la lengua, pero no puedo utilizar la “x” o la “arroba” o cualquier otro artificio que no se pueda leer, aunque puedan ser adecuados para carteles de guerra, para tomar conciencia. Lo mismo pienso del uso de la “e”  en las desinencias, más allá de que vuelve imposible la lectura, quiebra el poder de las palabras, tanto de las que nos representan como de las que no, pero sobre todo rompe con la posibilidad de comunicarnos con los que piensan diferente.

La mayor dificultad para debatir este tema es la tendencia a aceptar soluciones fáciles a problemas complejos, y, así, porque soy feminista uso el lenguaje inclusivo y quien no lo usa es machista. El problema está directamente vinculado a la pregunta: ¿la lengua cambia la realidad o la realidad cambia y la lengua lo refleja? Es posible que las dos posturas tengan una parte de razón. En ese sentido, poner en palabras lo que no está dicho es un camino a seguir más no el único, hay muchas otras maneras de intervenir en la realidad además de la lengua oral o escrita (por ejemplo, los juguetes que le doy a mis hijos).

Volviendo a la lengua, ¿qué recursos tenemos? Pienso que podemos dejar marcas (shifter*). La más sencilla es el desdoblamiento (leí en algún lado que no hay nada más democrático que el uso de la conjunción “y”), claro, que en un libro de 300 páginas, regularía el uso porque la lectura podría resultar agotador y debería tener en cuenta, además, el orden de los géneros. También podemos usar los recursos que tiene el idioma, sobre todo el español que es tan rico, como el relativo o la paráfrasis. Sería hacer un uso consciente de la lengua.

En uno de mis talleres de escritura hay nueve mujeres y un varón, y debo decir que, cuando me dirijo al conjunto, cada vez me resulta más incómodo usar el masculino genérico. Me escucho diciendo frases como “chicas y chico” o “bancate, Juan, que use el femenino” y así. Reflexionando sobre este hecho concluyo que si me pasa a mí, también le pasa a quienes (otras y otros) como yo miren con atención a este tema; entonces es posible vislumbrar que, poco a poco, sin darnos cuenta es posible llegar a consensos, por ejemplo, del uso del genérico femenino; y, sin duda, otras formas que irán surgiendo hasta que un día ya no sea necesario recurrir a artificios en la lengua para vernos representadas.

Al fin, puedo hacer una propuesta para las coautoras del libro que tal vez se llame El viaje o Una charla entre m

Descubrí en los 80, cuando tuve un psicoanalista lacaniano, que el lenguaje nos invisibiliza. Se hace evidente, por ejemplo, en el masculino genérico que se utiliza aunque refiera a un grupo con mayoría de mujeres, o en la apropiación de los varones de la palabra hombre. La cultura de la época en la que vivimos –que la lengua expresa– se nos imprime como un sello en nuestro inconsciente, y no habría reparado en eso si alguien no lo hubiera puesto en palabras.

El oficio de escribir debió ocuparme antes de tomar una postura respecto del lenguaje inclusivo, sin embargo, no me sentí impelida a hacerlo hasta que la nueva ola feminista lo puso en la agenda (en ese sentido, ¡chapeau!), y sobre todo porque estoy escribiendo un libro sobre mujeres. Hace un tiempo organicé una reunión virtual, un Zoom, con amigos de la lengua escrita para reflexionar sobre el tema, pero no me alcanzó para esclarecerme. Como autoras de un libro escrito a seis manos debemos, debo, tomar una decisión, y es por eso que estoy escribiendo, porque es mi manera de pensar y, eventualmente, entender.

Para empezar, debo explicarme por qué siento rechazo al uso del lenguaje inclusivo. ¿Es la famosa resistencia al cambio? No. Rechazo la pelea y la división que provoca, y sobre todo la imposición desde el poder, cuando la lengua es el instrumento imprescindible para el entendimiento. ¿Quién gana con esto?, ¿las mujeres? No lo creo.

Por supuesto que me molesta el genérico masculino y muchos otros giros de la lengua, pero no puedo utilizar la x o la arroba o cualquier otro artificio que no se pueda leer; aunque pienso que pueden ser adecuados para pancartas, para tomar conciencia. Lo mismo pienso del uso de la e en las desinencias, más allá de que vuelve imposible la lectura, quiebra el poder de las palabras, tanto de las que nos representan como las que no, pero sobre todo rompe con la posibilidad de comunicarnos con los que piensan diferente.

La mayor dificultad para debatir este tema es la tendencia a aceptar soluciones fáciles a problemas complejos, y, así una persona determina “porque soy feminista uso el lenguaje inclusivo y todo el que no lo usa es un machista”. El problema está directamente vinculado a la pregunta: ¿la lengua cambia la realidad o la realidad cambia y la lengua lo refleja? Es posible que las dos posturas tengan una parte de razón. En ese sentido, poner en palabras lo que no está dicho es un camino a seguir mas no el único, hay muchas otras maneras de intervenir en la realidad además de la lengua oral o escrita (por ejemplo, los juguetes que le doy a mis hijos, o al contar un cuento infantil incluir protagonistas mujeres en roles no tradicionales del género).

Volviendo a la lengua, ¿qué recursos tenemos? Pienso que podemos dejar marcas -tipo un shifter cultural (shifter, un concepto de Lacan que indica, en una frase, el lugar desde el que se habla)-. La más sencilla es el desdoblamiento o sea, niñas y niños, varones y mujeres (leí en algún lado que no hay nada más democrático que el uso de la letra i griega o ye), claro, que en un libro de 300 páginas, regularía su uso porque al lector puede resultarle agotador, pero sí tendría en cuenta el orden. También podemos usar los recursos que ofrece el idioma, sobre todo el español que es tan rico, como el relativo o la paráfrasis. Sería utilizar conscientemente la lengua.

En uno de mis talleres de escritura hay nueve mujeres y un varón, y debo decir que, cuando me dirijo al conjunto, cada vez me resulta más incómodo usar el genérico masculino. Me escucho diciendo frases como “chicas y chico” o “bancate, Juan, que use el femenino” y así. Reflexionando sobre este hecho concluyo que si me pasa a mí, también le pasa a quienes (otras y otros) como yo están atentos a este tema; entonces es posible vislumbrar que, poco a poco, sin darnos cuenta se llegará a consensos, por ejemplo, del uso del genérico femenino; y, sin duda, otras formas que irán surgiendo hasta que un día ya no sea necesario recurrir a artificios en la lengua para vernos representadas.

Al fin, puedo hacer una propuesta a las co autoras de este libro: en los textos colectivos, utilizar los recursos de la lengua y dejar marcas como llamado de atención, mientras que en los textos personales (los firmados) elegir con libertad el lenguaje con el que cada una se sienta representada.

PD: Dejo registro, para no olvidarla, una escena mínima que recordó mi amiga María Ester cuando le di a leer este texto; la contaba nuestro amigo Falucho Luna, único varón con muchas hermanas: “cuando de niños iban a buscarnos a la escuela la maestra llamaba “¡chiquitas de Luna! “, y salíamos todas.”  Él inclusive y no parecía molesto con eso, todo lo contrario, lo contaba con una sonrisa.

2 respuestas a “Acerca de incluir con la e, la x o la @”

  1. A mi me sorprendió la imaginación de la gente al usar x o @. Y la festejo. Me produce cierto regocijo tratar de encontrarte la vuelta a la invisibilidad de la mujer en el lenguaje. No sé si perdurará. Hoy es una forma de lucha, que si te motivó esta reflexión, como tantas que se están planteando, ya vale la pena que se use. No creo que se incirpore en forma definitiva. Es una punta de lanza para salir cabezas.

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