Atravesar las corazas del miedo por Ana Piazzetta

Hace varios años que voy al taller de Virginia, pero hace pocos meses que empecé a escribir formalmente mi autobiografía. Me llevó mucho tiempo atravesar las corazas del miedo.

Encontrar mi estilo y mostrarlo sin vergüenza. Virginia y mis compañeras de taller me ayudaron a superar estas dificultades y hoy puedo decir que he ganado confianza y claridad acerca de qué y cómo quiero comunicarme.

Así que desde desde marzo viajo en el tiempo todas las mañanas. Vuelvo a mi infancia, aun a mis primeros meses de vida y miro con ternura a la nena que fui. No te preocupes, le digo,  por lo que sé hasta el momento vas a vivir unos 72 años.

Cada mañana dejo el presente, viajo a diferentes etapas de mi vida y regreso a veces con pena, otras con rabia y muchas con alegría.  Escribir mi autobiografía es rescatarme. Entender. Resignificar. Recrear los hechos del ayer con la madurez del tiempo transcurrido y aceptar lo que fue.

He comprobado con este ejercicio, que no solo el pasado influye en mi presente, también mi presente interviene en el pasado. Este cotidiano pasaje de ida y vuelta me ha llevado a pensar que no somos nosotros los que tenemos tiempo para hacer tal o cual cosa. Es el tiempo el que nos tiene a nosotros.

Ana Piazzetta participa del taller a través de Skipe. El 11 de septiembre, escribió este saludo de cumpleaños para mí:

Antes de recalar en la calle… había intentado participar de otros talleres, en su mayoría de escritores relativamente conocidos.

No estaban especializados en autobiografía y los grupos eran en su mayoría de jóvenes “imberbes” que escuchaban impacientes lo que leía una “anciana” de 60 y luego cuestionaban cada línea. Después de trabajar desde los 20 años en publicidad conocía de memoria todas las miradas y suspiros de colegas, críticos implacables de cualquier texto escrito o dicho aunque sea en una frase de radio. Así que como entré, salí de esos lugares que seguramente no iban a enriquecer mi autoestima.

Encontrar el taller de Virginia fue llegar a un remanso. El lugar, cálido como ella, se me hizo nido y costumbre. Gracias a ambos: el espacio y su dueña, empecé a dejar fluir lo que sea que tuviera dentro de mí, que por años estuvo ceñido a un titular con gancho, un texto breve y un slogan.

Me costó tener confianza y hablar de ciertas cosas. Todavía me cuesta. Pero cada vez menos.

Ahora por ejemplo, me puse tan nerviosa para escribir esto que me olvidé la dirección del taller: lo primero que me salió fue monigotes y hugonotes, así que espero que alguien de Las Causeries me conteste para llenar el espacio del primer renglón.

Este año, fue especialmente difícil para mí. Hay etapas de mis vidas pasadas y actuales que me sacan más lágrimas que sonrisas mientras escribo. Pero gracias al estímulo de Virginia y sus ángeles sanadores -que también me sirven de ejemplo con sus memorias publicadas- lo voy logrando. Extraño todo de ese lugar donde me inicié y al que vuelvo por un rato cada jueves, aún con el coitus interruptus de la conexión internauta.

Las veo a las 17 hora de del este. Desde Traslasierra.

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