Las memorias íntimas de George Simenon

«En mi novela todo es verdad pero nada es exacto». GS

Georges Simenon escribió su autobiografía, Memorias intimas, a mano en cuadernos de tapas amarillas, más de mil páginas. Una historia de novela de un personaje de novela. Una vida marcada por el desamor de su madre y por el exceso. Escribió cientos de novelas, 60 a 80 páginas diarias, seis novelas al año, una en sietes días, y tuvo sexo con 10.000 mujeres, lo dijo en una charla con Federico Fellini a propósito de la película Casanova que estaba filmando. Su enorme obra y su vida dieron lugar a innumerables reportajes, estudios académicos y también otras autobiografías: de su exmujer escribió dos, enmascaradas en novelas Un pájaro para el gato y El falo de oro, retrato íntimo de un hombre célebre y de su hijo Pierre De padre a padre.

En Memorias íntimas, Simenon recorre toda su vida de manera descarnada. Lo hace dos años después del suicidio de su única hija, Marie Jo, a los 25 años de un disparo al corazón

El libro comienza con una carta a esa hija en cuyo primer párrafo alude a problemas de tipo judicial planteados por la madre de Marie Jo de quien el escritor estaba separado desde hace varios años. Sigue con la descripción de cómo se entera del suicidio:

Marc y Mylène acudieron rápidamente a los Champs-Elysées y encontraron la puerta de tu apartamento cerrada por dentro. El portero no tenía duplicado de la llave, y hubo que llamar al comisario del barrio, que llegó inmediatamente y avisó a un cerrajero.

Tu apartamento estaba perfectamente ordenado y limpio, como si, antes de partir, hubieras procedido a una minuciosa limpieza, habiendo incluso lavado y planchado tu ropa interior y tus vestidos. Todo estaba en su sitio. Y tú yacías sobre la cama, con un pequeño agujero ensangrentado en el pecho.

¿De dónde procedía la pistola del veintidós de un solo tiro? ¿Quién había comprado las balas?

«Este libro no será el mío, sino el tuyo», dice Simenon al final de la carta a su hija que comprende el primer capítulo e inmediatamente después nos cuenta de su infancia, su juventud, la trayectoria literaria, sus viajes, las decenas de lugares en los que vivió, las personas que conoció, sus relaciones con las mujeres, con el cine, se detiene en pormenores del crecimiento de sus hijos y también de su época

A lo largo del libro utiliza la segunda persona para dirigirse Marc, Johnny, Pierre y Marie Jo, sus hijos. Habla con uno, a veces con otro y con todos. El relato transmite la sensación de que ellos están ahí escuchándolo. Son reiteradas las alusiones a los destinatarios, haciéndoles preguntas o imaginando las de ellos o lo que recuerdan. Suele terminar algunos de los capítulos con un “buenas noches”.

Simenon no esconde nada de su vida sexual ni de la convivencia con sus esposas y amantes ni tampoco detalles sobre la tormentosa relación con su segunda mujer, Denyse Ouimet, la madre de tres de sus hijos. No omite descripciones intimas de la sexualidad, los golpes que se daban uno al otro, los celos. Hay largos diálogos entre ellos de los buenos tiempos y de los que vienen después y cartas sobre todo de la etapa en que ella, ya separada, demanda enorme sumas de dinero amenazándolo con escribir sobre él.

Al final de Memorias intimas se transcriben las cartas que Simenon le escribió a la hija los días posteriores a esparcir sus cenizas en el jardín de su casa –que contienen “un poquito de oro mezclado”–, por el anillo que ella había pedido en la carta de despedida que no se le quitaran. Termina dándole la voz a esa hija, que a veces quería ser escritora, publicando sus textos, cartas, relatos, poemas, ordenados desde 1962 hasta 1978, el año de su muerte. Ese recorrido permite reconstruir el derrotero de una muchacha joven, hermosa, creativa, hacia la desesperación, aguijoneada por quien ella llama “doña Angustia”. Una hija quien desde pequeña expresó una devoción intensa hacia su padre a punto de pedirle, a los 8 años, un anillo de oro –de casamiento– que agrandará a lo largo de toda la vida.  Simenon explicita que no contará todo lo escrito por ella, lo grabado, ni las anotaciones que hizo en el libro Un pájaro para el gato que su madre acababa de publicar contando su versión del matrimonio con Simenon.

Lapublicación de Memorias íntimas provocará un nuevo libro de su exmujer El falo de oro, retrato íntimo de un hombre célebre, escrito con el seudónimo bajo seudónimo Odile Dessane, y una pelea en tribunales censurar esas memorias que terminará en a supresión de 31 líneas de las cuales 25 pertenecen a textos finales de Marie Jo. En el libro aparecerá con blancos y las palabras como “párrafo censurado”. Más tarde la prensa sabrá que, a la edad 11 años, Marie Jo había presenciado un hecho perturbador protagonizado por la madre. 

Es un fragmento del capítulo dedicado a George Siemenon de mi próximo libro Grandes escritores, qué y cómo escriben sobre sus vidas

Cómo conocí el taller de Virginia por Tuche Riesco

Escribir no era una tarea nueva para mí. Hacìa muchos años que trabajaba  redactando normas y manuales de procedimiento. Además asistíamos periódicamente a cursos de actualización que organizaba la empresa. 

Puse manos a la obra pensando que mi experiencia facilitaría la tarea. Pronto me di cuenta de que estaba equivocada. No cometía errores sintàcticos o gramaticales pero carecía de un estilo aceptable.

Busqué un taller literario para principiantes, encontré uno de jubilados. Un año después lo dejé. No era el adecuado. Asistí a otro y me pasó lo mismo. 

Pasó un tiempo y un día dije “¡Eureka!”. En la publicación mensual de la revista “Todo es Historia” encontré una gacetilla: informaba que en fecha próxima el taller de “Autobiografía e historias familiares” de Virginia Haurie iniciaría sus reuniones semanales.

Mis padres –inmigrantes– despertaron mi imaginación con leyendas de su “Tierruca” –la verde Asturias– y con las peripecias personales de los antepasados. Muchos años después la visité varias veces y en 1995 decidí escribir la historia familiar.

  Optimista –aunque temía el rechazo– envié un correo con mis antecedentes y falencias. La respuesta fue favorable: me invitó a asistir a una clase.

Había encontrado lo que buscaba. Además de la técnica tan necesaria, necesitaba, Virginia ofreció sin retaceos su asesoramiento y experiencia. La corrección de los trabajos de mis compañeras de grupo aportaron lo suyo, en especial los de Susana Facorro que estaba a punto de publicar su primer libro.  Pero Susana también me estimuló con su palabra  en los momentos de desaliento. Todavía lo hace. 

Virginia señaló un camino y continué escribiendo. En 2013 organizó una sorteo para editar una de nuestras historia. Lo gané y se publicó “El diario de Lina”, relato que registra mi primer trabajo como maestra rural.

  Pasaron los años y la artrosis me alejó de las reuniones semanales pero cuando Susana me avisa de la presentación de libros o de reuniones amistosas, asisto, me entero de las novedades y participo del ambiente de camaradería y dedicación como en aquel lejano día de 2006.

Testimonio de autora. Susy Facorro

Terminando mi tercer libro comencé a recordar el motivo por el cual comencé a escribir el primero. Mi mamá y Lisette , ma soeur, dibujaban y escribían cartas y cuentos que me hacían leer. Papá y yo tomábamos fotos y filmábamos. Aún guardo las máquinas, la pantalla para pasar lo filmado, cajas y valijas con fotos y películas. 

Cuando mi segunda hija Cecilia, maestra jardinera y psicopedagoga, se enfermó yo me dediqué a cuidarla durante el año en el que pasó por varias operaciones. Luego de su partida y nuestra profunda tristeza, empecé a pensar qué hacer con el vacío que sentía. Decidí contar mi vida para que mis descendientes conocieran a sus abuelos, padres y familia francesa.

Publicaciones de Susana J. Facorro

 En La Nación leí avisos de talleres literarios y me interesó el de la profesora – escritora. Virginia Haurieuna porque lo hacía en un lugar cercano a donde vivo en Belgrano y además tenía un apellido francés.  Llamé por teléfono para concretar el día para ir a su casa. Me recibió junto a los alumnos que estaban en ese momento en un taller. Todo agradable. Me entusiasmé y decidí inscribirme. Las reuniones que me resultaron profundas entretenidas e interesantes.  Participé en diferentes días y horarios durante varios años y luego seguí sola con ella para corregir mis libros.

Ahora estoy terminando el tercero y pensando un nuevo tema para el próximo que quiero escribir. Espero que Virginia, como siempre con su buen humor para enseñar y corregir, me siga aceptando a su lado.

Gracias, Virginia, amiga.

                                            Susy

Volumen XIII de la Colección autobiografía, historia familiar y autoficción

A veces llenamos tanto la valija que tenemos que hacer fuerza para cerrarla y después, durante el viaje, se rompe el cierre. También puede suceder que, en alguna parada, perdamos algo de su contenido o se ensucie porque no tapamos bien el frasco de crema y lo cierto es que siempre llevamos más de lo necesario y que olvidamos algo imprescindible como esa lima de uñas sin la cual es imposible vivir.
No podemos pensar un viaje sin valija y entraremos en pánico con solo imaginarla perdida en el agujero negro de algún aeropuerto. Es un peso que acarreamos sin cuestionar porque la valija da seguridad.
Comenzamos este volumen, el N° XIII de nuestra Colección, con una invitación a pensar cómo son las valijas que llevamos en nuestro viaje por la vida.
Los textos seleccionados por los autores para esta antología están inspirados en experiencias vividas y en algunos casos imaginadas; otros han sido motivados a partir de las lecturas de escritores como Natalia Ginzburg, David Vann, Scott Fitzgerald, Annie Ernaux, Svetlana Alexievich, Isak Dinesen, Manuel Puig y Silvina Ocampo.
Como siempre esperamos que sean de tu agrado.
Virginia Haurie
1
Baja del barco con su boina vasca encasquetada hasta los ojos y una abultada valija que se hinca contra dos gruesas correas que la mantienen cerrada. Sin soltarla, apretada contra su pecho, se arrodilla y besa la tierra.
Marta Fingueret
2
Cuando abrió la puerta y la voluminosa valija con la punta de una corbata asomando por el cierre se interpuso a su paso, Gonzalo supo que esa ya no sería su casa.
Eliana Mutio (…)


La crack

El Crack-Up de Scott Fitzgerald, una colección de ensayos, cartas inéditas y apuntes autobiográficos.

(fragmento de Crack-Up)

Esto me llevó a pensar que los que sobrevivieron habían logrado algo así como una fuga total. Es éste un amplio término y no guarda relación con la fuga de una cárcel cuando se dirige uno con toda seguridad a otra cárcel, si es que no lo llevan de vuelta a la misma. “Evadirse” o “huir de todo” no es sino una excursión en una trampa, aunque la trampa implique los Mares del Sur, que sólo son para quienes quieren pintarlos o navegarlos. Una fuga total es algo de lo que no se puede retornar; que es irreparable porque hace que deje de existir el pasado (…).

Me sentía como esos hombres de ojos somnolientos que solía ver en el tren local de Great Neck quince años antes: hombres a quienes no les importaba que el mundo fuera a caer en el caos al día siguiente siempre que sus casas quedaran a salvo. (…)

Y una sonrisa, ah, tenía que adquirir una sonrisa. Todavía estoy trabajando en esa sonrisa. Es para combinar las mejores cualidades de un administrador de hotel, una vieja y experta comadreja social, un director de escuela en el día de visitas, un ascensorista negro, un marica poniéndose de perfil, un productor comprando materia prima a mitad de precio, una enfermera de experiencia empezando un nuevo trabajo, una modelo en su primer anuncio público, un extra esperanzado pasando cerca de la cámara, una bailarina de ballet con el dedo de un pie infectado y, por supuesto, el gran rayo de amorosa bondad común a todos aquellos que desde Washington a Beverly Hills tienen que existir en virtud de la mueca.

El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince

Si la primera frase me atrapa es casi seguro que lo hará el resto del libro. Las primeras frases son motivo de colección, basta decir, por ejemplo, que la famosa revista American Book Review publicó una lista de las 100 mejores primeras frases de novelas. Todos los que escribimos tenemos comienzos preferidos, el mío hasta ahora es el de la novela Zapatos italianos Henning Mankell: “Siempre me siento más solo cuando hace frío”.  El comienzo de El olvido que seremos integra mi lista desde que lo leí por primera vez. Después Abad Faciolince se ocupa de contarnos quiénes son esas personas:

“En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor”, así empieza este libro extraordinario del escritor y periodista Héctor Abad Faciolince, nacido en 1958 Colombia, que recibió el premio Casa de América Latina de Portugal como mejor obra latinoamericana.

  En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tata, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio —Emma y Teresa—; mis cinco hermanas —Maryluz, Clara, Eva, Marta, Sol—; mi mamá y una monja. El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios.

En la parte titulada “Un niño de la mano de su padre” se recorre la relación del autor con su padre durante la infancia y lo hace desde su mirada de niño. La ternura y la intensidad de los sentimientos entre ambos y los hechos que los manifiestan están bellamente descritos con el lenguaje que se usaba en la familia. Sin duda una relación bastante poco común. Todo lo demás y los demás (con unas pocas excepciones) quedan en un segundo plano, son solo parte del escenario de una historia que tiene dos protagonistas: el autor y su padre. En ese sentido, es un libro autobiográfico y biográfico en tanto que contar la propia historia está puesta al servicio de reconstruir la vida de Héctor Abad Gómez, un médico idealista, romántico, que cultivaba rosales y trabajaba por la defensa de los derechos humanos, asesinado en el año 1987 por un grupo paramilitar.

Mientras leía, la musicalidad de El olvido que seremos me despertaba las mismas emociones que escuchar una ópera trágica italiana y al terminar pensé que esa música era el resultado toda la poesía que el padre le recitó al autor a lo largo de su vida. No es casual que Héctor Abad Faciolince también sea escritor de poemas.

Para contarnos su historia el autor utiliza técnicas narrativas y, en ese sentido, podría considerarse una novela. Si bien comienza con los recuerdos más tempranos del autor no sigue exactamente un orden cronológico. Acerca del estilo del libro dice Vargas Llosa: “nunca se excede en la efusión del sentimiento, precisa, clara, inteligente, culta, que manipula con destreza sin fallas el ánimo del lector, ocultándole ciertos datos, distrayéndolo, a fin de excitar su curiosidad y expectativa”. Está dividido en 14 partes tituladas con capítulos numerados, en un total de 42.

Fue escrita a 20 años de ocurrido el asesinato del padre, luego de intentar diversas maneras de narrar esta historia, incluso a través de personajes de ficción. ¿Cómo escribir la historia de un hombre bueno, se preguntaba el autor, cuando lo que despierta interés en los lectores es la de los malvados? Abad Faciolince siente la obligación de escribir la historia de ese hombre bueno entregado a causas nobles, sobre todo, cuando la historia de su padre cae en el olvido y en Colombia arrollan las autobiografías y biografías de asesinos. Decide hacerlo de la manera más simple siguiendo el ejemplo de la escritora italiana Natalia Ginzburg en su libro Léxico familiar.

En lo personal, si quiero saber de historia de algún tiempo y lugar, prefiero conocerla mediante la subjetividad del testimonio en primera persona que desde la arrogada objetividad de un historiador, con alguna excepción como es la del argentino Félix Luna. Solo a través de una víctima protagonista podemos aproximarnos a la dimensión de la tragedia de Colombia, en este caso entre los años 60 y fines de los 80. El horror, el alcance del magnicidio da escalofríos y lleva a preguntarse cómo es posible que una sociedad pueda naturalizarlo. Se calcula que desde 1960 hasta el presente han muerto más de 200.000 civiles y se han exiliado más de dos millones de personas.

A propósito de exilio, el propio autor debe irse del país porque su vida corre peligro y llega a Madrid en la Navidad del 87.  Lo espera Alberto Aguirre, uno de los dos amigos de su padre que sobreviven a la matanza de esos años y a quienes está dedicado este libro. Las páginas que dedica a hablar sobre cómo vive Aguirre el exilio son inolvidables. Las narra en tipo presente como veremos en los fragmentos que he seleccionado más abajo. Esta técnica de utilizar el presente histórico obliga al lector a ser testigo directo del hecho narrado es aplicada con maestría. La utiliza a lo largo de todo el libro incluso cuando reconstruye los últimos momentos de su padre.

 Aquí la del exilio de Alberto Aguirre:

Camina por las calles y habla solo. Habla y habla como hablan los locos, y mira a las muchachas con ojos ardientes, pues no tiene mujer y se consuela viendo, no atraviesa las calles por la esquina jamás sino a mitad de la cuadra. (…) «Esto se llama pasar a la torera», me explica el loco, y es verdad, lo veo con mis propios ojos, que torea sin capote los carros y los buses rojos de la Gran Vía (…) Así muchas veces, me cuenta, hasta que el loco decide que en adelante, con los camareros, hablará solamente en inglés. Detestan su acento sudaca, sus palabras sudacas, su imprecisión sudaca, sus zapatos sudacas y, sobre todo, su evidente pobreza sudaca. «Waiter, please, a coffee, an american coffee, if you don’t mind». Así le va mejor, lo consideran un turista excéntrico.

No siempre parece un loco; cuando va recién bañado y se ha peinado hacia atrás la larga cabellera, lo confunden con el poeta Rafael Alberti (…) A veces, por la calle, llora. O no llora, simplemente piensa en algún detalle del país lejano y los ojos se le ponen rojos de visiones remotas, las conjuntivas se excitan de no ver, y hay agua que chorrea por sus mejillas, pero no llora, digamos que llueve sobre su cara y él deja que la lluvia lo moje, como si tal cosa. Y como salen lágrimas saladas de sus ojos, así mismo salen palabras dulces de sus labios. La gente cree que habla solo, que el loco habla solo. Pero no es que hable solo, en realidad recita, recita largas tiradas de versos que se sabe, del Tuerto López(…) Camina por las calles de Madrid y recita. ¿Como un loco? No, como un exiliado.

El autor crece en una familia contradictoria. Una madre huérfana y pobre, criada por un arzobispo conservador, católica practicante y mujer práctica que, preocupada por un marido profesor que ganaba poco, decide organizar una empresa; un padre ateo, sin ningún sentido práctico, liberal, que paseaba desnudo por la casa porque los niños debían conocer cómo era el cuerpo humano.  

La influencia de la iglesia católica más retrógrada en la sociedad colombiana es impactante y asusta, considerando que el autor es solo un poco más joven que yo, no dejo de agradecer la suerte de no haber vivido algo similar en la Argentina. Entre los muchos religiosos mencionados en el libro, entre ellos varios familiares del autor, aparece el arzobispo Adolfo López Trujillo que se niega a autorizar una misa para la familia del hombre asesinado. El autor evita decir exactamente lo que piensa de él por pedido del editor para evitar un posible juicio. Cabe mencionar que el libro fue publicado a fines de 2006, cuando este personaje estaba vivo y era, además, presidente en Roma del Consejo Pontificio para la Familia. Hoy está muerto y es uno de los protagonistas principales de Sodoma de Frederic Martel, publicado en 2019 que recorre la vida de los hombres más perversos del Vaticano. 

La última parte se titula “El olvido” que refiere al intento desesperado que hacemos para sobrevivir a esa involuntaria acción. Al escribir, en cierta manera, se escribe contra la muerte como acto que busca preservar la memoria. También alude al título del libro que es el nombre de una poesía que el autor adjudica a Jorge Luis Borges. La relación de esa poesía con la muerte de Héctor Abad Gómez es tan extraordinaria, y literaria, que no parece real.  Y de hecho, cuando salió el libro hubo quien lo puso en duda y eso generó en el autor una búsqueda por varios países que plasmó en relato incluido en un libro posterior que llamó Traiciones de la memoria.

Héctor Abad Gómez fue asesinado a pocas cuadras de su oficina y de la de su mujer y casi toda su familia puede llegar rápidamente al lugar donde yace el cuerpo tapado por una sábana. Ha recibido 6 disparos (hay fotos en la web, que como dijo Roland Barthes “constatan lo que ha sido”). La madre le sacó el anillo de bodas y Héctor hijo le retiró del bolsillo dos papeles: uno contiene lista de las personas que días antes los paramilitares habían amenazado de muerte, el otro, escrita con la letra del muerto era la transcripción de un poema, que el autor creyó que se llamaba Epitafio, firmado con las iniciales JLB.  Ese poema llevó al autor a pensar que su padre estaba preparado para la muerte y que, de alguna manera, al exponerse como lo hacía, buscaba una muerte que tuviera algún sentido estético. Tal vez, solo tal vez, la vida de este hombre bueno se había quebrado años atrás con la muerte de su hija Marta, que es la niña con el violín que lleva la cubierta del libro.

Las víctimas siempre tienen mucha memoria. Así entre el deseo de olvidar la tragedia sufrida, acallar los gritos, los llantos, la sangre derramada en la calle, además de la culpa por no haber hecho algo para preservar la vida de su padre, surgió este libro como venganza y una única forma de justicia posible.

Dice Héctor Abad Faciolince: “De mi papá aprendí algo que los asesinos no saben hacer: poner en palabras la verdad para que esta dure más que sus mentiras”.

Atravesar las corazas del miedo por Ana Piazzetta

Hace varios años que voy al taller de Virginia, pero hace pocos meses que empecé a escribir formalmente mi autobiografía. Me llevó mucho tiempo atravesar las corazas del miedo.

Encontrar mi estilo y mostrarlo sin vergüenza. Virginia y mis compañeras de taller me ayudaron a superar estas dificultades y hoy puedo decir que he ganado confianza y claridad acerca de qué y cómo quiero comunicarme.

Así que desde desde marzo viajo en el tiempo todas las mañanas. Vuelvo a mi infancia, aun a mis primeros meses de vida y miro con ternura a la nena que fui. No te preocupes, le digo,  por lo que sé hasta el momento vas a vivir unos 72 años.

Cada mañana dejo el presente, viajo a diferentes etapas de mi vida y regreso a veces con pena, otras con rabia y muchas con alegría.  Escribir mi autobiografía es rescatarme. Entender. Resignificar. Recrear los hechos del ayer con la madurez del tiempo transcurrido y aceptar lo que fue.

He comprobado con este ejercicio, que no solo el pasado influye en mi presente, también mi presente interviene en el pasado. Este cotidiano pasaje de ida y vuelta me ha llevado a pensar que no somos nosotros los que tenemos tiempo para hacer tal o cual cosa. Es el tiempo el que nos tiene a nosotros.

Ana Piazzetta participa del taller a través de Skipe. El 11 de septiembre, escribió este saludo de cumpleaños para mí:

Antes de recalar en la calle… había intentado participar de otros talleres, en su mayoría de escritores relativamente conocidos.

No estaban especializados en autobiografía y los grupos eran en su mayoría de jóvenes “imberbes” que escuchaban impacientes lo que leía una “anciana” de 60 y luego cuestionaban cada línea. Después de trabajar desde los 20 años en publicidad conocía de memoria todas las miradas y suspiros de colegas, críticos implacables de cualquier texto escrito o dicho aunque sea en una frase de radio. Así que como entré, salí de esos lugares que seguramente no iban a enriquecer mi autoestima.

Encontrar el taller de Virginia fue llegar a un remanso. El lugar, cálido como ella, se me hizo nido y costumbre. Gracias a ambos: el espacio y su dueña, empecé a dejar fluir lo que sea que tuviera dentro de mí, que por años estuvo ceñido a un titular con gancho, un texto breve y un slogan.

Me costó tener confianza y hablar de ciertas cosas. Todavía me cuesta. Pero cada vez menos.

Ahora por ejemplo, me puse tan nerviosa para escribir esto que me olvidé la dirección del taller: lo primero que me salió fue monigotes y hugonotes, así que espero que alguien de Las Causeries me conteste para llenar el espacio del primer renglón.

Este año, fue especialmente difícil para mí. Hay etapas de mis vidas pasadas y actuales que me sacan más lágrimas que sonrisas mientras escribo. Pero gracias al estímulo de Virginia y sus ángeles sanadores -que también me sirven de ejemplo con sus memorias publicadas- lo voy logrando. Extraño todo de ese lugar donde me inicié y al que vuelvo por un rato cada jueves, aún con el coitus interruptus de la conexión internauta.

Las veo a las 17 hora de del este. Desde Traslasierra.

El libro digital es infinito

Un mar de libros en los galpones de Amazon
Un mar de libros en los galpones de Amazon

¡Guau! No lo había pensado. Todavía me resulta rara la idea de que ocurre todo un mundo dentro de lo virtual. Claro, imaginar lo virtual es pensar en un espacio donde hay una realidad paralela que también es infinita. Allí hay miles de millones de videos, documentos, fotos, mensajes, tuits, correos, búsquedas, intercambios de Tinder, música y, por supuesto, libros. El hecho de que no ocupen un lugar físico no hace que todo esto sea menos real.

 Un libro digital (contenido dentro de la jerga) es infinito, no se agota nunca. Puede distribuirse a todas partes del mundo al mismo tiempo y bajo el mismo costo (o casi). Puede incluir más que texto e imágenes. La lectura puede ser independiente del dispositivo. Permite no solo realizar una lectura pasiva sino también interactuar y compartir. Puede actualizarse (es dinámico) y además es personalizado: se puede adaptar a cada lector

Lo dijo Daniel Benchimol en un curso sobre edición digital que tomé hace unos días y, de paso,  a quien quiero agradecer la generosidad de habernos brindado sus conocimientos sin reservas. No es común. Además, como suele suceder con las personas apasionadas, era atractivo escucharlo. Las jornadas de tres horas pasaban volando.

Pero volvamos al libro digital, por supuesto que prefiero el libro papel, sin embargo el digital es bienvenido a mi mundo. Gracias a él puedo leer autores que de otra manera jamás hubiera tenido a mi alcance, porque ya no se editan, porque estamos en el fin del mundo y muchos no llegan hasta la Argentina, porque puedo llevar en mi cartera, dentro de un lector digital, cientos de libros y, sobre todo, porque puedo comprar el que deseo, tenerlo al instante en cualquier el lugar y momento. Por cierto,  siempre y cuando haya conexión a internet.

Curiosamente se escriben más libros que nunca y se leen menos libros que nunca. Al 47% de los argentinos, por ejemplo, no le interesa la lectura. YouTube, Facebook y sobre todo Netflix no solo son culpables de que las parejas hagan menos el amor; también, de que leamos menos. Yo lo he constatado en mis talleres. Por eso he adoptado la decisión de enviar links de audiolibros, audiocuentos o videos literarios porque se pueden escuchar mientras uno maneja, se baña, cocina o viaja… sin embargo mis autores no dejan de escribir. ¡Qué paradoja la de este tiempo!

Libros digitales hay de diferentes formatos: el más simple y limitado es el PDF que pertenece a Adobe, el Mobi es propio de Kindle Amazon, iBook de Apple, el ePub es libre y puede leerse al igual que el PDF en todos los dispositivos menos en los lectores de Kindle. (Continuará…)

Escribiendo mi libro por Laura Moro

Soy Laura Moro, preparadora de talentos para TV, Radio y Redes sociales. Vivo en Miami. Deseo poner por escrito lo que voy aprendiendo y experimentando, no solo en la vida, sino también en mi carrera profesional. Trabajé en Rosario, Buenos Aires en periodismo y locución, y, ya radicada en USA desde hace 16 años, me dedico a enseñar a hablar y desenvolverse naturalmente ante cámaras de la televisión, micrófonos y presentaciones en público. Entreno a las personas que intervienen en castings, certámenes de belleza y talento, también conductores de noticias, animadores de programas, políticos y ejecutivos.

En el intento de escribir mi libro, me di cuenta de que necesitaba ayuda para evitar que fuera convulso y sobre todo para sostener la concreción del proyecto. Escribir un libro era parecido a llevar una dieta; sin un bastonero, un “coach” como le dicen acá, mi libro no vería nunca la luz de las librerías.

Conozco y admiro a Virginia Haurie desde hace años, pero ¡vive en Buenos Aires y yo en Miami! Pero echamos mano a la moderna tecnología y desde hace unos meses nos encontramos semanalmente en el ciberespacio, por Appear, una aplicación magnífica. Nos conectamos, nos vemos y vamos leyendo y corrigiendo mis capítulos. ¡ Y así el trabajo progresa! Pero, ¡cuidado! Virginia no me deja pasar una… todo se revisa una y otra vez hasta lograr el efecto deseado.

Les aseguro que he renovado mi ilusión: presentar mi libro en la Feria del Libro 2020 ¡Gracias Virginia!”   

Laura Moro

https://www.instagram.com/lauramorocoach/?hl=es-la

Miami

@lauramorocoach

La metáfora erotiza la escritura

Esta afirmación pertenece al filósofo coreano Byung-Chul Han del libro La salvación de lo bello. Destaca que lo pulido, lo liso, lo impecable, son la seña de identidad de nuestra época y pone como ejemplo las esculturas de Jeff Koons, las depilaciones completas de hombres y mujeres, los diseño de los teléfonos. ¿Por qué hoy en día gusta tanto «lo pulido»?, se pregunta Han. Porque no daña, es fácil, no ofrece resistencia.

En lo relativo a la escritura dice también que lo que predomina es la suma de datos en detrimento de las narraciones, y destaca la metáfora porque establece un diálogo entre las cosas. Para Han la tarea del escritor es poetizar las cosas para descubrir las relaciones amorosas que están ocultas en ellas.

Las metáforas enriquecen la forma en la que nos expresamos. Es una palabra que viene del griego y significa “más allá o “transferir”. Una metáfora traslada el significado de un concepto a otro. Hace un uso figurado del lenguaje y en ese sentido, motiva la lectura activa porque pide al lector que la interprete de la manera que quiera. Los argentinos solemos usarlas mucho en el lenguaje cotidiano “ponete las pilas”, “me iría volando”, “me rompés el corazón”.

En síntesis: hay un término real y otro imaginario. El primero es el que se está haciendo referencia y el segundo es el que ocupa el lugar del primero. Ambos comparten alguna similitud o aproximación de significado.

Santiago Moll, autor de un blog educativo premiado, tiene un cuadro que ayuda a entender la diferencia entre metáfora, comparación e imagen.

Metafora-erotiza-escritura
Figuras retóricas en la escritura

A la hora de querer usar metáforas es aconsejable no recurrir a las que ya están gastadas como chancleta usada. Dijo Salvador Dalí, “El primer hombre en comparar las mejillas de una joven a una rosa fue obviamente un poeta, el primero en repetirlo fue posiblemente un idiota”. Por último, ¿cómo crear metáforas?

Recuerdo a un escritor que decía “yo miro, miro, miro las nubes  hasta que algo se me ocurre”. Cada quien tiene un sistema, el más común es enumerar o describir todas las características de lo que pretendemos metaforizar y después asociar libremente. Hay un juego que es llenar de sustantivos una bolsa y después sacar uno y pensar cómo se conectaría con lo que quiero convertir en metáfora. Claro está que no siempre funciona, pero muchas veces resulta algo bomba.