Muerte en familia, de James Agee

Lo primero que supe de él fue que lo habían llamado el Poeta de la verdad, un hombre que tenía obsesión por escribir sobre su percepción de la verdad y que había escrito un libro autobiográfico, ganador del Premio Pulitzer de novela en 1958.
La  ´verdad´ es un tema al que estoy siempre atenta porque es sustancial en los géneros referenciales y quise saber más; sobre todo porque no se trataba de un teórico sino de un escritor y periodista. El apelativo lo creó John Huston el famoso director, guionista y actor de cine y lo escribió en sus memorias A libro abierto. Vale la pena leer el retrato que hace de Agee cuando trabajaron juntos para escribir el guión de la película La Reina africana:

   Agee medía más de un metro ochenta, tenía un torso poderoso, las manos grandes y fuertes, la cara pálida, el pelo castaño, los ojos azules, y una boca a la que le faltaban varios dientes. Recuerdo que cada vez que se reía, se tapaba la boca con la mano furtivamente. Cuando le conocí mejor, traté de convencerle de que fuera al dentista, decía que sí, pero nunca llegó a ir, a pesar de que le concerté varias citas.
Jim llevaba siempre la ropa sin planchar; que yo sepa, sólo tenía una corbata, y sus zapatos nunca estaban limpios. Le encantaba hablar; y yo pensaba a menudo que juzgaba a la gente más interesante o inteligente de lo que realmente era debido a su costumbre de encontrar profundos sentidos en los comentarios vulgares.

   Después supe que había escrito Let Us Now Praise Famous Men (Elogiemos ahora a hombres famosos). Investigué. Agee me atrapaba a medida que obtenía más información sobre él. Este libro, conocido en la Argentina como Algodoneros: tres familias de terratenientes, fue un encargo de la revista Fortune a Agee y al fotógrafo Walker Evans para registrar la de vida de los trabajadores del algodón en el profundo sur de Estados Unidos durante la crisis que asolaba el país en los treinta.

Ese trabajo les demandó ocho semanas en Alabama en la que fueron testigos de la dureza de la vida de aquellas familias. Agee hace en este libro algo que se podría llamar “fotografía narrada”. Describe cada detalle hasta el extremo… o hasta la exasperación.  Lo hace desde la primera persona (no era algo común en la época) y esa primera persona expresa que lo que muestra es su verdad. Fortune no publicó el resultado del encargo, pero cuando se publicó años más tarde se convirtió en un clásico de la literatura estadounidense.

El prólogo de Agee a esa obra es intenso. Se cuestiona el derecho de escribir sobre esas vidas y sobre la manera en que podría llegar al otro. También reflexiona sobre la diferencia entre escribir sobre un hecho de la imaginación o sobre uno de la realidad. Rescato este párrafo, también sustancial en los géneros referenciales:

  En una novela, una casa o una persona deben su existencia exclusivamente al escritor. Aquí, una casa o una persona sólo tiene su significado más limitado a través de mí: su verdadero significado es mucho más vasto. Es porque existe, vive realmente, como ustedes y yo, y como no puede existir ningún personaje de la imaginación. Su gran peso, misterio y dignidad residen en este hecho. En cuanto a mí, sólo puedo contar de ella lo que vi, con la exactitud de que soy capaz en mis términos: y esto a su vez tiene su categoría principal, no en cualquier capacidad mía, sino en el hecho de que yo también existo, no como una obra de ficción, sino como un ser humano. Debido a su peso inconmensurable en la existencia real, y debido al mío, cada palabra que digo de ella tiene inevitablemente una especie de inmediatez, una especie de significado, en absoluto necesariamente «superior» al de la imaginación, sino de una clase tan diferente, que una obra de la imaginación (por muy intensamente que la extraiga de la «vida») sólo puede como máximo imitar débilmente una mínima parte de ella.

   Finalmente, cuando me dispuse a leer Una muerte en familia tenía a Agee a mi lado, respirándome en la nuca. Es imposible no pensar en el autor cuando leo autobiografía, o una novela autobiográfica como en este caso; pueden estar escritas en tercera persona o utilizar cualquier tipo de narrador, pero el autor siempre está presente. Tan distinto de la ficción donde la virtud está en olvidarse de él. Hoy nuevos vientos proponen infiltrar al autor en la ficción; pero es otro tema que ahora no viene al caso.

   Una muerte en familia narra unos pocos días en la vida de una familia de clase media en Knoxville, Estados Unidos. Transcurre en 1915 y los hechos narrados coinciden con lo vivido por el escritor. Uno de los protagonistas es Rufus (segundo nombre de Agee)  un niño de seis años y la obra cuenta las circunstancias que rodean la muerte de su padre en un accidente de automóvil y qué pasa en la familia y qué le pasa a él.

Agee murió a los 45 años de un ataque al corazón y el libro, que le había llevado siete años de trabajo, fue publicado dos años después. Por ese motivo los editores tomaron la decisión de incluir textos cuando no se sabía qué pensaba hacer Agee. Se trata de relatos fuera del lapso temporal de la obra y que, si bien me gustaron, para mí podrían no estar. Es recomendable la edición del 2007 por su buena traducción y además porque respeta el manuscrito original y los mencionados relatos figuran en letra cursiva.

Conocemos la historia, pero a medida que avanza la lectura la trama va creciendo en intensidad hasta quitar la respiración. Como sucede con los buenos escritores, Agee es capaz de hacernos sentir lo mismo que vive cada personaje cuando se detiene a describir con precisión de cirujano esas reacciones impensadas, esos sentimientos contradictorios, a veces vergonzosos, que tenemos todos, pero sobre los que, en el apuro de vivir, no nos detenemos hasta que Agee los pone en palabras.
En el capítulo en que Mary, la madre de Rufus, y la tía Hannah empiezan a hacerse la idea de que el accidente ha sido fatal ocurre esta situación:

Mary, tras susurrar “perdona” se retiró al baño afrentada y humillada por tener que obedecer a esa llamada en semejante momento; durante unos minutos se sintió tan estúpida y esclavizada como un bebé en su orinal, sólo que mucho más torpe y vulgar; luego, con las manos hundidas en el lavabo lleno de agua fría, contempló incrédula, reflejado en el cristal, su rostro paralizado. Le pareció apenas real, hasta que, avergonzada, se dio cuenta de que aquél era el momento menos apropiado para mirarse al espejo

   El libro,  dividido en tres partes, comienza el día previo al accidente de Jay, el padre. Una salida al cine, un paseo, un desayuno, Jay saliendo a la madrugada para ocuparse de su padre enfermo, Mary ocupándose de la casa, permite además de conocer la cotidianidad de la familia, descubrir los sentimientos y actitudes de cada integrante entre sí. En el inicio de la segunda suena el teléfono que avisa del accidente en la ruta de Jay y abarca la dura espera de noticias para saber de la gravedad del hecho. La tercera parte narra cómo cada miembro de la familia afronta la muerte en la que no falta la presencia o la ausencia de Dios. La trama termina poco después del funeral.

Cada página es intensa, profunda, con toques de prosa poética, por eso me resulta difícil distinguir alguna parte para este comentario. Vale, tal vez, destacar la escena, en la tercera parte, en la que los niños ubicados en la escalera no logran escuchar lo que se dice tras la puerta en la que están hablando la tía, la madre y un cura. Agee solo por los tonos de voz logra transmitir todo lo que allí ocurre. Genial.
   Una muerte en la familia es un libro para leer sin apuro y recomiendo releerlo a quienes quieran escribir.
James Agee es único. La lectura de sus obras y sobre todo de Una muerte en la familia es repensar la virtud del lenguaje para dar cuenta hasta el mínimo detalle de un hecho cualquiera como, por ejemplo, el riego de un jardín al atardecer o de las sensaciones y sentimientos que sobrevienen ante cualquier circunstancia banal o seria como es la muerte de un ser querido.

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