Por dónde empezar II

Beryl Markha, una aviadora y aventurera, inicia su autobiografía titulada “Al oeste con la noche” reflexionando sobre lo que nos suele pasar a todos cuando queremos empezar a escribir la propia historia: cómo ordenar los recuerdos que se nos precipitan completamente enredados. Escribe Beryl:

    ¿Cómo es posible poner orden en los recuerdos? Me gustaría empezar por el principio, con paciencia,
como un tejedor en su telar. Me gustaría decir: «El lugar de partida es éste; no puede ser otro. Pero hay un centenar de sitios por dónde empezar porque hay un centenar de nombres —Mwanza, Serengetti, Nungwe, Molo, lbkuru—. Hay fácilmente un centenar de nombres y lo mejor que puedo hacer es elegir uno de ellos —no porque sea el primero ni porque tenga ninguna importancia en el sentido de disparatada aventura, sino porque resulta que ahí está, el primero en mi diario—. Al fin y al cabo, yo no soy tejedor. Los tejedores crean. Esto es un recuerdo, una rememoración. Y los nombres son las llaves para abrir los pasillos que ya no están nítidos en la mente aunque sigan siendo familiares para el corazón. Por lo tanto el nombre será Nungwe —tan válido como cualquier otro—, apuntado así en el diario, para prestar realidad, ya que no orden, a los recuerdos.

   Beryl decidió empezar por el nombre de un lugar cualquiera de África de los muchos que le vinieron a la memoria. Aun cuando para ella fue aleatorio, es un buen comienzo porque de entrada nos presenta su esencia aventurera: una mujer, en 1935, piloteando su avión en medio de la noche para llevar una carga a Nungwe, un pueblo perdido de África. En “La loca de la casa” Rosa Montero también se pregunta sobre cómo ordenar sus recuerdos:

   Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros. Las diversas parejas que he tenido y las obras que he publicado son los mojones que marcan mi memoria, convirtiendo el informe barullo del tiempo en algo organizado. “Ah, aquel viaje a Japón debió de ser en la época en la que estaba con J., poco después de escribir Te trataré como a una reina”, me digo, e inmediatamente las reminiscencias de aquel periodo, las desgastadas pizcas del pasado, parecen colocarse en su lugar. Todos los humanos recurrimos a trucos semejantes; sé de personas que cuentan sus vidas por las casas en las que han residido, o por los hijos, o por los empleos, e incluso por los coches.